No sé por qué, pero hacía ya bastante tiempo que no sonaba en mi mp3 una canción de Love of Lesbian. En parte porque hace tiempo que quité la mayoría y dejé solo las más significativas, para no cansarme y para ir metiendo nueva música, y en parte, porque inevitablemente porque LOL representan un capítulo totalmente arrancado de mi vida. Arrancado, ni siquiera concluído, porque me lo sacaron a tirones de entre los huesos por más que yo me aferrase a él. Como de repente arrancar de un manotazo una escena en un guión, y dejar en medio un agujero argumental por el que explicarse o sobre el que fundamentar el resto y lo anterior de la obra. Tener, de pronto, que construir un puente de hilo entre el pasado y el presente enclítico, y a la fuerza aprender a ser funambulista y mantenerme sobre ese hilo que supone la salvación del ambismo de la Nada.
Pero de pronto, algo se alineó aquel atardecer de mayo y estos magos de la música volvieron a poseerme, a darme alas para los pies hasta el punto en que el vértigo me obligó a seguir paseando y a no detener la canción hasta que terminara (allí donde solíamos gritar). Y caminé, una y otra vez, de nuevo, mirando al cielo como miraba antes, a las azoteas de los edificios - que no sé por qué, pero siguen siendo un misterio para mí, aún no he conseguido subirme al lugar más alto de la ciudad y contemplar el peso de los edificios desde arriba-. De golpe, ver el azul del cielo oscurecerse, el ladrillo visto desaturarse, y el paso de los viandantes, simultáneamente, ralentizarse hasta el punto en que creí que el tiempo se congelaba y toda la realidad éramos el mundo como escenario estático y yo moviéndome entre él como una bailarina que por primera vez se sube a un gran escenario. Volver a sentirme extranjera en todo esto, redescubrir la polución de las calles y ser ajena a todo aquel circo, que me daba la bienvenida, y se creó una indiosincrasia empática entre el ambiente y yo que aún me hace sentir como antes. De pronto, ligera, histérica, ajena.